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Instrumentum Laboris | IV Asamblea General del Sínodo de los Obispos


SECRETARÍA GENERAL DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS
IV ASAMBLEA GENERAL

Eran un solo corazón y una sola alma.

INSTRUMENTUM LABORIS


© COMUNIDAD CATÓLICA DE MINECRAFT
2026

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PROEMIO

1. La IV Asamblea General del Sínodo de los Obispos es convocada como un tiempo singular y providencial de gracia, al término del Jubileo Ordinario de 2025, en el cual la Iglesia presente en esta realidad virtual de Minecraft, reunida en comunión con su pastor, el representante del Sucesor de Pedro, se dispone, en actitud de oración y de escucha obediente del Espíritu Santo, a profundizar el discernimiento sobre su propia identidad y misión en el tiempo presente.

2. Se trata de una celebración de elevada densidad tanto espiritual como pastoral para la Comunidad, en la cual, con renovada fuerza, urge la pregunta fundamental que atraviesa toda la historia de la Iglesia: ¿cómo ser hoy, en medio de las complejas transformaciones culturales, sociales y antropológicas de nuestro tiempo, signo visible e instrumento eficaz de la comunión querida por Dios para todos los pueblos y naciones? Esta interrogación toca el centro de la vida y de la acción eclesial, convocando a toda la Iglesia a una conversión continua de mentalidades, estructuras y estilos de vida.

3. La raíz última de esta convocatoria se encuentra en la oración sacerdotal de Jesús, pronunciada en la inminencia de su entrega pascual: “Ut omnes unum sint” (Jn 17,21). En ella, el Señor confía al Padre el deseo ardiente de que todos sus discípulos vivan en la unidad, para que el mundo crea. Esta oración no pertenece al pasado, sino que la rezamos como criterio permanente de verificación de la fidelidad de la Comunidad al Evangelio recibido. La comunión no es, por tanto, un elemento accesorio de la vida de la Comunidad de Minecraft, sino el lugar teológico en el cual se manifiesta la verdad de la fe profesada y la credibilidad de la misión que le ha sido confiada.

4. El presente Instrumentum Laboris ha sido elaborado por la Secretaría General del Sínodo como fruto maduro y cuidadosamente discernido de la Fase Preparatoria del Sínodo, cuya etapa de escucha y reflexión comunitaria y personal tuvo inicio el 17 de diciembre de 2025.

5. Tal proceso, vivido en espíritu de verdadera corresponsabilidad eclesial, involucró a todas las Iglesias particulares de los diversos países, a las Conferencias Episcopales, a algunos Dicasterios de la Curia Romana, a los Institutos de vida consagrada y a las Sociedades de vida apostólica, así como a movimientos, asociaciones de fieles, nuevas comunidades y expresiones eclesiales orientales. La riqueza y diversidad de las contribuciones recogidas manifiestan, por un lado, la catolicidad de la Comunidad y, por otro, la pluralidad de las realidades humanas, culturales y pastorales en las que la comunión está llamada a ser vivida y testimoniada.

6. Este documento asume plenamente el Documento Preparatorio y la síntesis de los informes personales y comunitarios, considerándolos como expresión cualificada del sensus fidei fidelium, en el cual se reflejan las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias del Pueblo de Dios en el tiempo presente de la Comunidad. Las intuiciones, inquietudes, heridas abiertas y expectativas allí manifestadas no son comprendidas como simples opiniones o reivindicaciones, sino como verdaderos lugares pneumatológicos en los que el Espíritu Santo interpela a la Iglesia, invitándola a un discernimiento más profundo, humilde y valiente, orientado a opciones cada vez más conformes al Evangelio.

7. El Instrumentum Laboris no ha sido elaborado como un texto conclusivo ni como un documento normativo. Se configura, más bien, como un instrumento de trabajo al servicio del camino sinodal de la Asamblea, con la finalidad de favorecer una escucha recíproca auténtica, una oración común y un discernimiento responsable y compartido. En él, los Padres Sinodales son llamados a reconocer la acción del Espíritu Santo en la vida concreta de la Iglesia, a confrontarse con las situaciones reales de las comunidades y a indicar caminos de conversión personal y comunitaria, en fidelidad dinámica a la Tradición viva de la Iglesia.

8. De conformidad con la metodología propia del Sínodo de los Obispos, este documento se estructura en torno a cuatro grandes cuestiones centrales, confiadas al discernimiento de los cuatro Círculos Menores. Cada una de estas cuestiones surge de manera clara y convergente de la escucha del Pueblo de Dios y alcanza dimensiones estructurantes de la comunión eclesial y de la misión evangelizadora de la Comunidad en el contexto actual, marcado por profundas transformaciones y por nuevos desafíos a la fe y a la convivencia humana, especialmente en el ámbito digital-virtual.

PARTE I
FUNDAMENTOS DE LA COMUNIÓN SINODAL

CAPÍTULO I
LA COMUNIÓN COMO MISTERIO TRINITARIO,
DON PASCUAL Y VOCACIÓN HISTÓRICA DE LA IGLESIA

9. La comunión constituye el corazón del misterio cristiano, pues tiene su fuente última en el propio misterio de Dios, que no es soledad, sino comunión eterna de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La revelación cristiana presenta a Dios como relación, como donación recíproca y como unidad que no anula la distinción, sino que la asume y la transfigura. La Iglesia nace de este misterio trinitario y de él recibe su forma más profunda, siendo llamada a hacerlo visible en la historia, no de manera abstracta o idealizada, sino a través de relaciones concretas, reconciliadas y corresponsables, capaces de testimoniar, en el tejido de la vida cotidiana, la posibilidad real de unidad en la diversidad.

10. La comunión eclesial es, al mismo tiempo, don pascual y tarea. Brota de la muerte y resurrección de Cristo, que, al entregarse por amor, derriba los muros de separación, reconcilia lo que estaba dividido e inaugura un pueblo nuevo, reunido no por la fuerza, sino por la gracia. Por ello, la comunión no se construye sin el paso por la cruz, sin la aceptación de la fragilidad y sin procesos continuos de conversión personal y comunitaria. Toda reflexión sinodal sobre la comunión está, de hecho, invitada a reconocer el carácter pascual de este don, que se manifiesta en la vulnerabilidad de la Iglesia peregrina y se fortalece en la fidelidad cotidiana al Evangelio.

11. La Eucaristía constituye la fuente y la cumbre de la comunión eclesial. En ella, los pueblos son reunidos no a partir de afinidades culturales, opciones ideológicas o intereses comunes, sino por la iniciativa gratuita de Dios, que precede y sostiene toda respuesta humana. La comunión de los pueblos encuentra en la celebración eucarística su criterio último de verdad, pues es allí donde la Iglesia se reconoce como Cuerpo de Cristo, llamada a vivir la unidad que celebra y a testimoniarla en el mundo.

CAPÍTULO II
LA SINODALIDAD COMO FORMA ORDINARIA
DE LA VIDA DE LA IGLESIA

12. La sinodalidad expresa de modo particularmente elocuente la identidad de la Iglesia como Pueblo de Dios peregrino en la historia, llamado a caminar junto, en la escucha atenta del Espíritu Santo, que guía a la Iglesia hacia la plenitud de la verdad. La sinodalidad no puede ser comprendida como un método, una técnica o una estrategia pastoral circunstancial, sino como una dimensión constitutiva de la propia Iglesia, que involucra a todos los bautizados en la corresponsabilidad por la misión.

13. El proceso de escucha realizado en la Fase Preparatoria reveló, sin embargo, que la recepción de la sinodalidad se presenta aún de manera desigual en las diversas realidades eclesiales. En muchos contextos, permanece asociada a eventos extraordinarios o a momentos puntuales de consulta, sin traducirse en prácticas ordinarias, estructuras estables y procesos duraderos de participación y discernimiento. Esta constatación interpela profundamente a la Asamblea sinodal, que es invitada a discernir caminos concretos capaces de promover una recepción más profunda, orgánica y efectivamente vinculante de la sinodalidad en la vida de la Iglesia.

PARTE II
PRIMERA CUESTIÓN CENTRAL

DE LA CONVIVENCIA A LA COMUNIÓN REAL

14. La escucha atenta del Pueblo de Dios, realizada a lo largo de la Fase Preparatoria, reveló con claridad que, en numerosos contextos eclesiales, la comunión permanece frágil, intermitente y, en ocasiones, más deseada que efectivamente vivida. Aunque no faltan experiencias auténticas de fraternidad cristiana, particularmente en celebraciones mejor preparadas, en grandes eventos o en momentos intensos de fraternidad universal, tales experiencias, con frecuencia, no logran estructurar de modo estable y duradero la vida ordinaria de las comunidades. La comunión aparece así como un momento vivido, pero no siempre como un criterio permanente de organización de la vida y de la misión de la Iglesia.

15. Entre los elementos más recurrentes que emergen de la escucha, se destaca la prevalencia de una convivencia funcional, caracterizada por la coexistencia de grupos, movimientos y servicios que actúan de manera paralela, con escasa integración entre sí. Aunque dicha organización responde, en parte, a las exigencias prácticas de la acción pastoral, corre el riesgo de reducir la vida eclesial a una suma de actividades, sin generar verdadera corresponsabilidad, sin favorecer procesos de discernimiento común y sin consolidar un auténtico sentido de pertenencia eclesial.

16. La dependencia excesiva de figuras individuales, la personalización de servicios y ministerios, la fragilidad o inexistencia de espacios reales de participación y la ausencia de proyectos pastorales ampliamente compartidos evidencian la necesidad urgente de una conversión estructural y relacional. Se trata de reconocer que la comunión no puede apoyarse únicamente en el carisma o la buena voluntad de algunos, sino que debe ser sostenida por procesos, estructuras y estilos de liderazgo que favorezcan la participación, la transparencia y la corresponsabilidad de todos los fieles.

17. Pasar de la convivencia a la comunión real exige, por tanto, una revisión valiente de las estructuras pastorales a la luz de la sinodalidad, así como una transformación profunda de los estilos de liderazgo y de las relaciones interpersonales dentro de la Iglesia. La comunión no se impone por decretos ni se garantiza mediante simples reorganizaciones administrativas; se construye pacientemente a través de procesos participativos, prácticas de escucha recíproca, discernimiento comunitario y una espiritualidad de comunión que impregne todas las dimensiones de la vida eclesial.

18. En este horizonte, los Círculos Menores son invitados a discernir qué reformas estructurales, qué itinerarios formativos y qué cambios de mentalidad pueden favorecer una corresponsabilidad verdadera y efectiva, en la cual todos los fieles, en virtud del Bautismo, se reconozcan como sujetos activos de la vida y de la misión de la Iglesia, superando toda forma de clericalismo, aislamiento o autorreferencialidad.

PARTE III
SEGUNDA CUESTIÓN CENTRAL

ESCUCHAR PARA DISCERNIR, DISCERNIR PARA CAMBIAR

19. La escucha aparece, en todo el proceso sinodal, como un elemento central e irrenunciable. Escuchar, en clave cristiana, no significa únicamente recoger opiniones o registrar quejas, sino reconocer, con fe, que el Espíritu Santo habla a la Iglesia a través de la Palabra de Dios, del Magisterio, de los signos de los tiempos, de los acontecimientos de la historia y de la voz concreta de las personas. Se trata de una escucha que exige humildad y disponibilidad para dejarse interpelar.

20. La Fase Preparatoria reveló, sin embargo, que la práctica de la escucha es frecuentemente vivida de manera formal o superficial, sin generar procesos reales de discernimiento y de cambio. En no pocos contextos, la escucha es percibida como una etapa obligatoria, pero desvinculada de decisiones concretas y de transformaciones efectivas. Cuando la escucha no se traduce en opciones compartidas y en cambios reales, pierde credibilidad, genera frustración y puede debilitar la confianza en el propio camino sinodal.

21. El discernimiento comunitario constituye, por tanto, una dimensión decisiva del proceso sinodal. Exige tiempo, método, oración y libertad. Supone la disposición para confrontarse con puntos de vista diversos, para acoger el conflicto como oportunidad de crecimiento y para dejarse cuestionar por el Espíritu Santo, superando el miedo a la novedad y la tentación de preservar esquemas consolidados únicamente por hábito o seguridad.

22. Discernir para cambiar implica reconocer que la fidelidad a la Tradición viva de la Iglesia no consiste en la repetición automática de modelos del pasado, sino en la capacidad de responder, con creatividad evangélica y valentía, a los desafíos del tiempo presente. La verdadera tradición es dinámica, pues nace de la escucha del Espíritu que guía a la Iglesia en la historia y la conduce, a través de procesos muchas veces exigentes, a una comprensión cada vez más profunda del Evangelio.

23. A la luz de estas consideraciones, los Círculos Menores son invitados a indicar pasos concretos y verificables que ayuden a madurar, en las Iglesias particulares, una cultura de escucha profunda y de discernimiento comunitario, capaz de integrar la diversidad de dones y ministerios y de permanecer abierta a las sorpresas del Espíritu Santo.

PARTE IV
TERCERA CUESTIÓN CENTRAL

JUVENTUD, VOCACIÓN Y ACOMPAÑAMIENTO

24. La escucha de nuestros jóvenes revela un profundo deseo de sentido, de pertenencia y de autenticidad. Muchos manifiestan gratitud por las experiencias iniciales de acogida y entusiasmo vividas en grupos, movimientos o eventos, pero relatan también la dificultad de encontrar un acompañamiento continuo, personal y comunitario, que los ayude a integrar la fe en la totalidad de la vida.

25. El discernimiento vocacional, por su propia naturaleza, es un proceso comunitario, que se desarrolla en el seno de una Iglesia que acompaña, discierne y confirma. Cuando se vive de manera aislada, sin referencias estables y sin acompañamiento, se debilita y corre el riesgo de reducirse a una búsqueda individual, desvinculada de la misión y de la vida concreta del Pueblo de Dios.

26. Ofrecer a estos y a todos los jóvenes espacios reales de pertenencia y de participación implica invertir con decisión en procesos formativos continuos, en itinerarios de acompañamiento personal y en formas de integración progresiva en la vida comunitaria y en la misión de la Iglesia. Se trata de favorecer experiencias en las cuales los fieles puedan sentirse escuchados, valorados y corresponsables, y no únicamente destinatarios de propuestas pastorales.

27. Reconocer a los jóvenes como sujetos de la misión exige, además, la valentía de confiarles responsabilidades reales y de acoger seriamente sus interpelaciones, incluso cuando estas cuestionan prácticas consolidadas o estructuras ya establecidas. Tal actitud constituye una expresión concreta de la sinodalidad vivida y un signo de confianza en la acción del Espíritu Santo en las nuevas generaciones que llegan e integran la Comunidad.

PARTE V
CUARTA CUESTIÓN CENTRAL

CUIDAR A LAS PERSONAS PARA CUIDAR DE LA IGLESIA

28. El cuidado del sufrimiento psicológico, de la soledad, del cansancio pastoral y de la salud emocional aparece, en todo el proceso sinodal, como uno de los llamados más fuertes, urgentes y delicados. Muchos fieles, ministros ordenados y personas consagradas viven situaciones de fragilidad interior en silencio, sin encontrar espacios seguros de escucha, acompañamiento y cuidado, ya sea por falta de estructuras adecuadas, ya sea por temor a la estigmatización.

29. Reconocer estas fragilidades no constituye un signo de debilidad de la Comunidad, sino una expresión de madurez tanto espiritual como pastoral. Una Iglesia sinodal está llamada a convertirse, de modo cada vez más concreto, en un espacio en el que nadie tenga que sufrir solo, y en el que el cuidado mutuo sea reconocido como una dimensión esencial de la misión evangelizadora.

30. El ambiente digital, reconocido hoy como un nuevo, aunque verdadero, territorio eclesial, requiere una atención particular en el cuidado de las relaciones, del lenguaje y del testimonio cristiano. Las palabras, las imágenes y las actitudes en el espacio digital pueden construir puentes de comunión, pero también generar heridas profundas, divisiones y exclusiones.

31. En este contexto, los Círculos Menores son invitados a discernir de qué modo el cuidado de la salud emocional, relacional y espiritual puede integrarse de forma orgánica en la acción pastoral ordinaria de la Iglesia, implicando una formación adecuada, estructuras de apoyo y una cultura eclesial marcada por la cercanía, la compasión y la responsabilidad compartida.

CONCLUSIÓN

32. El presente Instrumentum Laboris, elaborado con especial cuidado metodológico y con un rigor teológico-pastoral adecuado a la naturaleza del camino sinodal, ofrece a la IV Asamblea General del Sínodo de los Obispos elementos sólidos y convergentes para un discernimiento responsable y comunitario sobre la comunión de los pueblos en el seno de la Comunidad y en el horizonte de su misión en el mundo contemporáneo. No se pretende, con este documento, agotar la complejidad del tema, sino presentar fundamentos eclesiológicos, pastorales y espirituales que iluminen la reflexión común, permitiendo a la Asamblea avanzar en la fidelidad a la fe recibida y en la claridad evangélica de las opciones que deberán asumirse.

33. La Comunidad, en su experiencia concreta, está llamada a desear y a convertirse, de manera cada vez más consciente y coherente, en un espacio vivo de comunión, de evangelización y de testimonio del Evangelio. Abierta a la acción del Espíritu Santo, es invitada a custodiar la belleza de la vida eclesial, la autenticidad de las relaciones fraternas y la integridad de la misión, para que todas sus expresiones, litúrgicas, pastorales, formativas y misioneras, conduzcan efectivamente a los fieles a una experiencia real de pertenencia al Cuerpo de Cristo, preservando la unidad en la diversidad y la integridad de los signos de la fe.

34. Confiamos al Espíritu Santo, fuente de toda sabiduría y principio del verdadero discernimiento eclesial, así como a la intercesión de la Bienaventurada Virgen María y de nuestros santos patronos, que se dedicaron a la edificación de la comunión y a la unidad de la Iglesia, el camino de esta Asamblea sinodal. Que el estudio, la oración y el discernimiento que de ella resulten permitan a la Comunidad crecer como Pueblo de Dios que camina unido, formando discípulos misioneros conscientes de la belleza del Evangelio y de la responsabilidad que brota del Bautismo.

35. Permanezca siempre viva en la conciencia eclesial la certeza de que toda renovación pastoral, toda innovación metodológica y toda respuesta creativa a los desafíos del tiempo presente no pueden jamás comprometer la fidelidad a la fe apostólica, a la Tradición viva y al Magisterio de la Iglesia. La prudencia pastoral, tantas veces evocada en el camino sinodal, iluminada por la razón, la oración y la gracia, sea un criterio seguro para discernir procesos y opciones que promuevan una comunión auténtica, evitando tanto la inmovilidad estéril como rupturas que fragilicen la unidad del Pueblo de Dios.

36. A lo largo de este itinerario sinodal, a la vez exigente y fecundo, trazado por el presente Instrumentum Laboris, se escuchó atentamente la voz del Pueblo de Dios a la luz de la fe (Parte I), se buscaron los fundamentos eclesiológicos de la comunión y de la sinodalidad (Parte II), se reflexionó sobre los desafíos concretos del paso de la convivencia funcional a la comunión real (Parte III), se profundizó la centralidad de la escucha y del discernimiento que conducen al cambio evangélico (Parte IV) y se acogieron los llamados que emergen del cuidado de las personas, especialmente de los jóvenes y de los más vulnerables (Parte V).

37. Concluimos este Instrumentum Laboris bajo el amparo materno de María, Madre de la Iglesia, presencia que acompaña cada etapa del camino discipular y sinodal. Que ella enseñe a la Comunidad a escuchar, a guardar en el corazón y a ofrecer al mundo el don precioso de la comunión, para que, en la diversidad reconciliada, resuene con verdad la oración del Señor: Ut omnes unum sint.

11 de enero de 2026.

           De Vuestra Eminencia,
           Devotísimo en el Señor,



Henrique Azevedo Card. GÄNSWEIN
Secretario General del Sínodo de los Obispos

                                           

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